Cuando la historia no va a más

Adiós solo se dice una vez

por Laura Sutil

¿Cuántas veces forzamos inexplicablemente los límites de las cosas? ¿Cuántas veces, aún sabiendo que algo no tiene remedio, ponemos esfuerzo y energías vacías? ¿Cuántas veces sentimos esa especie de apego hacia personas, cosas o situaciones que nos dejan paralizados, con la sangre helada y los pies enterrados en la arena?

Lo cierto es que la pregunta no debería ser cuántas veces. Quizás deberíamos preguntarnos por qué somos incapaces de poner fin a las cosas. Existe un miedo a saltar al vacío aunque las redes sociales estén llenas de gente saltando en paracaídas, haciendo puenting o a un microsegundo de despeñarse por un barranco. Todos lo sabemos: parecer valiente pero ser cobarde es más hipster incluso que las gafas de montura transparente.

Pero… Vayamos a lo realmente importante.

Hace unos días mientras estaba sentada enfrente del teatro Valle Inclán, en el multicultural Lavapiés, esperando a que unas amigas llegasen para tomarnos una cañas por el barrio, escuché algo que me hizo pensar en el tema de este post. Una madre caminaba de la mano con un pequeño de no más de cuatro o cinco años. El niño, saludaba emocionado a todo el mundo que se cruzaba. La típica emoción de las primeras veces, pensé yo. La madre, con cara de pocos amigos y una prisa infinita le espetó al niño:

“Jesús, se dice una vez adiós. No hay que decir tres mil veces adiós”.

Yo, anonadada por la respuesta desmedidamente rotunda de la madre, me paré a pensar en lo que acababa de decir. Total, mis amigas no llegaban y soy una de esas personas que tiende a imaginar las conversaciones y vidas de las gente que me cruzo por la calle. (A pesar de esta declaración, tranquilidad, no debéis tener miedo de mí). Pensé en que esa frase de madre encerraba sabiduría a raudales, como todas las frases de madre, claro está.

Porque todos hemos vivido una historia de amor que termina por cualquier motivo y que nos empeñamos en agarrar a nuestras entrañas para no sentirnos solos. A todos alguna vez se nos acabó el amor de tanto usarlo (o no) y decidimos estirar la rutina como si de un chicle Boomer de 10 metros se tratase. Sí, es difícil decir adiós, tan difícil que aún sabiendo que la historia no va a más, la zona de confort siempre nos acaba absorbiendo como el mayor de los agujeros negros.

Y esto no nos pasa solo en el amor. ¿Quién no ha tenido una amiga de la infancia que, llegado cierto momento de la vida, se convirtió en alguien a quien no podías reconocer? Y ahí entran en juego los recuerdos del patio del colegio, aquellos sms hablando del chico que te gustaba o los primeros copazos de Malibú Piña que compartisteis a la luz de alguna farola. Y claro, tantas primeras experiencias con una persona a veces cuentan más que la incompatibilidad del presente.


Después está el trabajo. Mujeres y hombres del mundo que dejan todo de lado y emprenden, deberíais ser ídolos de masas. Porque qué difícil es dejar atrás un sitio en una oficina, unos compañeros de trabajo, una rutina de tuppers y un trabajo que “al menos es de lo mío”. Ese salto al vacío cuando sabes que tu historia laboral y tu cabeza no dan para más es realmente terrorífico.

Y, ¿sabéis porque nos cuesta tanto finalizar algo cuando la historia no da para más? Porque nos han educado para tener éxito y pensar en los fracasos como la mayor de las frustraciones y decepciones para/con las personas que nos rodean. Porque nos han exigido aguantar y no quejarnos demasiado, a pesar de que sintamos que algo nos aprieta el alma. Y todo eso, ¿para qué?

Por eso, cuando escuché a aquella madre decirle a su niño que se despidiese una sola vez y con eso sería suficiente, pensé que sí, que no podía tener más razón. Que cuando las historias no van a más, no debemos ralentizar la despedida ni venderla por fascículos. Cuando la historia no va a más, llega el momento de hacer un harakiri con todas esas presiones sociales que nos hablan de fracaso y mandar todo y a todos muy, muy lejos.

Cuando sientas que la historia no va a más, mejor no preguntes demasiado, no busques apoyo. Todo eso llegará solo. Mejor dedícate a ti: tómate un baño relajante, respira, medita, baila, escribe, fotografía, lee y encuentra tu lugar, ése en el que sientas que estás preparado de nuevo para adelantar tu pie derecho y después el izquierdo. Encuentra el punto de partida y siente que es el inicio.

Y entonces sí, ahí sí, la historia estará preparada para dar mucho de sí (y de ti).

  • Carla
    2 junio 2017

    Me encanta este post, me da la risa solo de pensar en la situación de la madre con el niño!!

  • Monica
    2 junio 2017

    Me ha encantado. Mucha verdad en cada línea! GRACIAS